¡Mamá, yo sola!

Me da tanto miedo el agua como atracción siento por ella. Supongo que en parte es por el hecho de que aunque fui a clases de natación los sábados durante varios años siendo pequeña, no conseguí aprender a nadar bien. Digamos que una clase a la semana durante un par de años, solo me enseño a flotar un poco. Saber que el agua te controla, es una sensación demasiado dominante. Así que fue ya en la universidad, cuando empecé a coger un poco de fondo. Me levantaba al amanecer para ir cada día un rato a nadar antes de que empezasen las clases. Poco a poco, mi cuerpo dejo de pesar tanto en el agua y flotar fue más fácil.

A mi hija le encanta el agua, pero siempre de la mano. Ha ido a clases de natación, nada con flotadores y puede pasar horas con las gafas puestas sacado y metiendo la cabeza del agua, pero siempre con la mano de mamá, papá o agarrada a la pared. Entiendo el sentimiento. Me siento identificada con él. Jugar en el agua es divertido y genial, pero algo poderoso, digamos el instinto, nos dice que tengamos cuidado. Mi hija mira a su hermano, saltando, tirándose a bomba, nadando de espaldas, recogiendo aros buceando y quiere hacer lo mismo. El agua es muy atrayente. Pero sigue agarrada a la pared o jugando donde hace pie. Y yo respeto y entiendo sus reservas.

Durante varios meses hemos ido a nadar por las tardes. Osea, hemos preparado las bolsas el día anterior, gorros, calcetines, cinta de los oídos y pijama (si, les pongo el pijama después de la ducha de la piscina), hemos superado lloros y gritos porque los primeros días la piscina parece enorme, no hay caras familiares ni amiguitos y quiero que mi mamá se meta conmigo al agua. Hemos sudado por el calor pegajoso del interior de la piscina. Nos hemos bañado en las duchas de después (y aquí el plural es literal, ella se quitaba el cloro y yo me empapaba la ropa). Nos hemos puesto nerviosas porque mamá me dice que no pise el suelo sin zapatillas por los hongos. Confieso que para añadir emoción a todo este bloque, alguna vez me ha tocado llevarme el portátil mientras nadan y estar de conference call mientras los ducho con los cascos puestos.

Pero ha llegado el verano. Y este verano hemos ido todos a la piscina. Y mi hija quiere ser independiente y nadar para ir a la piscina grande y sabe lo que tiene que hacer, pero sigue agarrada de la mano. Hasta que ayer en uno de los saltos, mamá ha soltado la mano. Confieso que estaba a medio metro, y que he aguantado la respiración mientras lo hacia. Mi hija ha movido los brazos, ha aguantado la respiración, ha llegado a la pared y ha chillado: ¡¡Mama, yo sola!!! y me ha mirado con una cara de total incredulidad, felicidad, quiero que se repita, orgullo y confianza. Tiene cuatro años. Ha salido de la piscina. Ha vuelto a saltar de la mano, pero soltando al llegar al agua y ha vuelto a salir sola. Y hemos repetido tantas veces que cuando hemos llegado a la toalla ha caído rendida en la siesta de la felicidad. Para las dos ha sido un momento vital.

@Enemigas, muchas veces parece que todos esos miniesfuerzos del día a día solo conducen a irte a la cama extenuada. Pero no es cierto. Al final, hay recompensa.



Categorías:emociones, mamás, niños, vida

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