Cabeza de salami

La ausencia del gen G en mi ADN (responsable del glamour), me lleva a asombrarme de determinadas situaciones que para muchas, me imagino, serán lo más normal del mundo. Por ejemplo, en el día de ayer decidí ir a la peluquería a ver si lo mío tenía solución. Pues bien, tras comprobar los buenos resultados de una compañera, opté por una pelu de lo más chic.

Nada más llegar una chica me recogió la chaqueta y el bolso y me lo colgó en una percha roja dentro de un mini-armario. Me lavaron la cabeza y me preguntaron si quería aplicarme un tratamiento hidratante. Yo le dije que sí, total, para una vez al año que voy a cortarme el pelo…

Después de elegir el corte de pelo en una revista en la que aparecían miles de chicas con las cabezas como yo cuando me levanto todas las mañanas (eso sí, todas monísimas), me empezaron a cortar el pelo, en silencio, solo con música chill out de fondo. Nada de marujeos típicos esteponeros en plan “has visto lo gorda que se ha puesto la Mari”…

Una vez terminado el corte me dijeron que me iban a “aplicar el tratamiento hidratante” (yo creía que habían cumplido con el suavizante cuando me lavaron la cabeza, pero no). Total, me empezaron a echar una especie de mascarilla con una brocha mechón por mechón y cuando terminó me envolvió la cabeza en un papel de celofán transparente como si mi cabeza fuera una barra gigante de salami.

Pero la cosa no termina aquí. No contenta con precintarme y dejarme la oreja doblada al estilo del Sloth de los Goonies, la buena mujer me metió en un secador de esos siderales que parecen el casco de Darth Vader.

Ahí estaba yo, cual maruja con los rulos, debajo del secador gigante mientras me acordaba del secador casero conectado a una bolsa que se ponía en la cabeza del que me hablaban este fin de semana y que me pareció lo más hortero del mundo.

Después de 10 minutos de calor intenso sobre mi cabeza de salami, me retiraron el artefacto peluqueril y la chica me dijo que ahora tocaba el masaje. Yo estaba flipando. Había venido a cortarme el pelo y ya me habían envuelto la cabeza como si fuera un embutido, introducido en una cápsula de calor portátil y ahora pretendían masajearme.

En esa situación, lo mejor es dejarte, para no quedar como una cateta. Así que ahí estaba yo, con la cabeza todavía con el celofán puesto y una chica masajeándome la espalda mientras yo hacía cábalas a cerca de cuanto me iban a clavar.

Por fin, después de todo el ceremonial, me secaron el pelo, me peinaron y me fui de allí monísima de la muerte y con el bolsillo no del todo roto.

Es lo que tiene el no ser glamourosa, cualquier cosita te parece una aventura.



Categorías:emociones, entretenimiento, vida

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