Yo fui a Puebla

Hoy he recibido una invitación por facebook de mi colegio. Me la ha enviado mi antigua profesora. Y por supuesto, nada más aceptar he entrado en la página para ver como siguen.

Recuerdo mi colegio. El olor a plastidecor de la clase de preescolar. La zona donde dejábamos el almuerzo para el recreo. El mural de los dibujos bonitos. Recuerdo que ya entonces había grupos de niñas más o menos populares. ¡Madre mía, si solo teníamos 4 o 5 años!

Es muy curioso recordar que mi generación fue la primera del colegio en la que hubo niños. En mi clase había uno solo, aunque luego vinieron otros dos. También fuimos los primeros  con un niño chino. En aquella época en ese barrio obrero de Madrid, había muy poca diversidad y que hubiese alguien de otra nacionalidad era un hecho insólito. Para que os hagáis una idea, el tiempo que yo pase en el colegio fue de 1983 a 1994. En aquel periodo todos éramos españoles, pero también nos sentíamos un poco extranjeros. La mayoría de nuestros padres eran novatos en Madrid. Personas que se habían visto obligadas a viajar a la capital en busca de nuevas oportunidades laborales dejando sus pueblos de toda la vida.

Recuerdo todas las clases, pasillos y rincones secretos  del cole (que nos gustaba explorar, sobre todo los viernes a la hora de guitarra, cuando casi no había gente). Recuerdo la leyenda del muñeco de primero, los ruidos de la subida al campanario, la sensación de tranquilidad de la biblioteca e incluso el olor de la capilla, una capilla simple, íntima y sobre todo cercana. Incluso puedo volver a sentir los nervios en la tripa pensando en el salón de actos (en mi mente sigue siendo enorme, con muchísimos padres sonrientes y con focos que te dan calor en la cara).

Y recuerdo a todos mis profesores. Son la principal razón de que hoy esté escribiendo este post. Puesto que en gran parte son responsables de la persona que soy hoy. Y esta es mi forma de darles las gracias. Ellos fueron los que hicieron posible que un edificio de más de 400 años en el centro de Madrid fuera algo más que solo un centro de enseñanza. En aquel entonces Puebla ya trabajaba por proyectos, descubrió el trabajo en equipo, demostró que las ideas podían hacerse realidad, que la actitud estaba más valorada que la aptitud y que ante todo somos personas que viven en un mundo que necesita solidaridad.

Cuando me fui del colegio, llorando, me dije a mi misma que yo no iba a ser una de esas alumnas que se iban a olvidar del colegio, que yo vendría cada año a visitarlo. A ver a mi gente. A volver a mi casa.
No lo cumpli.

Fui a un instituto público del centro de Madrid, donde ya nadie me conocía por mi nombre y donde me sentí un número más. Después fui a la Universidad. Fueron dos nuevas etapas de mi vida, pero no tienen ni mucho menos tanto peso como mi paso por Puebla.

No cumplí mi promesa de volver cada año, pero no me he olvidado de mi cole, de su gente, de su vida y de su aprendizaje. Lo llevo en el corazón, que va conmigo a todas partes. Y guardo aquel manojo de colgantes que intercambie con mis amigos de octavo de EGB el último día de clase. Aun lo recuerdo, fue en el patio de Cristal, con nuestras  hombreras y tupes.

Gracias Puebla, por despertar mi interés por la lectura y pasión por las ciencias, por quedarte conmigo hasta que entendí las ecuaciones de segundo grado, por creer en mí, por enseñarme a darle importancia a la gente, por descubrir que en el mundo no estamos solos, por darle más importancia al esfuerzo que a la brillantez, por decirme que era una líder cuando yo no lo creía. Por demostrar que la grandeza está en el corazón de las personas. Por hacerme entender que las diferencias nos enriquecen.
Por contar conmigo.

Queridas enemigas, el post de hoy es bastante personal, pero estoy segura de que vosotras también habéis tenido esas profesoras y profesores especiales de los que vuestra personalidad actual aun lleva un trocito 🙂

Si queréis leer más 

 



Categorías:emociones, mamás, niños, vida

2 respuestas

  1. También los profesores van configurándose con esas alumnas y alumnos que cada año van pasando, dejando su huella. Algunos hemos tenido la suerte de trabajar con los mejores. Cada día agradezco dedicarme a esta maravillosa profesión. Gracias, Lidia, de corazón, por tu recuerdo. Siempre formarás parte de Puebla, y de los profes, que te recordamos con mucho cariño.

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  2. ¿Te acuerdas de los viernes de limpieza, el misterioso pasillo de los dormitorios de las monjas y el cuartillo de la basura con su escalera que a saber dónde llevaba? Me encantaría volver a esos rincones que teníamos como un caso para Iker Jiménez.

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