Las grupis cuarent… digo de los nuevos treinta

 

20 años después he vuelto a ver a Sergio Dalma en concierto. La última vez que lo vi en directo fue en Madrid, con 15 años, después de cuatro horas haciendo cola junto al palacio de los Deportes para estar en primera fila, achuchada contra la valla, desgañitándome como si me fuera la vida en cantar sus canciones que reconocía con escuchar solo el primer acorde.

Ahora, 20 años después, hemos llegado al concierto cinco minutos antes de que empezara, buscando nuestro asiento y compartiendo fila con señoras que gritaban “Estás como un queeeesoooo”, “tío buenooooo” mientras se reían con sus amigas como si hubieran dicho lo más picarón del mundo.

Antes, nos peleábamos por estar lo más cerca posible del escenario. Ahora, porque la de delante no se levantara de su asiento. Antes, siempre había alguna fan lipotímica a la que Protección Civil se llevaba desmallada en brazos nada más empezar el concierto. Ahora, esperaban con una silla de ruedas al final para sacar a alguna señora a la que le fallaban las piernas (por la edad no por la emoción)

Antes el escenario estaba altísimo, con un foso repleto de seguratas que vigilaban para que a ninguna se le ocurriera una locura. Ahora, una valla minúscula separaba los asientos del escenario y los miembros de seguridad se podían contar con los dedos de una mano. Al fin y al cabo, ¿quién iba a tener la agilidad suficiente para saltar un metro y medio cual ninja geriátrico? Es más, ¿aunque alguna atlética señora consiguiera el reto, qué le iba a hacer al pobre cantante? ¿Achucharle los carrillos?

Antes nos volvíamos locas por darle lo más rápido posible a nuestro dedo gordo para pasar el carrete de la cámara compacta Kodak y hacer una foto que, al revelarla, no era más que un manchurrón negro con alguna que otra silueta de una mano y un puntito al fondo que interpretábamos, en un acto de fé, como Sergio Dalma. Ahora, nada más apagarse las luces, los románticos mecheros han quedado sustituidos por las pantallas de las cámaras digitales con las que nos acercamos hasta verle la última arruga al cantante, grabamos vídeo, ponemos la foto en sepia y por poco nos imprimimos un póster.

¿Cómo serán estos conciertos en 20 años? ¿Sustituirán las cervezas por goteros? ¿Se distribuirán pastillas para la tensión entre las fans? En 20 años os cuento.

 



Categorías:amistad, emociones, vida

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